Para el cristiano, nada pasa por casualidad. Nada. La mañana del 5 de enero, mientras leía la primera lectura del oficio, una frase de la carta de San Pablo a los Colosenses llamó mi atención. Una frase para otros sin importancia, irrelevante para la verdadera moraleja de la misma carta, pero desde ahora inolvidable para mí:
“Os envío también a Onésimo, fiel y querido hermano, que es de vuestra comunidad” (Colosenses 4,9)
Onésimo es el nombre de mi abuelo, en quién pensé inmediatamente preguntándome si su madre habrá leído esa misma lectura para escoger su nombre. Un nombre que de niña siempre me había parecido tan extraño, y que aún hoy sólo puedo asociarlo a una persona. Y así fue como mi mente fue viajando entre trivialidades sobre el nombre en cuestión, hasta que volví en mi y dediqué una oración por mi abuelo, por sus planes, por su salud...
La madrugada del 6 de enero, el teléfono sonó temprano en la casa. Algo pasaba con mi abuelo, y mis tías, mi tío y mi madre se pondrían en camino hacia Barahona antes de la aurora. Yo no lo presentía, sabía que iba a morir, porque era Día de Reyes y los santos mueren como santos. Por eso abracé a mi mamá y le dije antes de irse: “pídele a los Reyes que lo escolten hacia Dios”.
Entonces se pusieron en camino y yo, antes de volverme a dormir, me puse a hacer los laudes correspondientes al 6 de enero, Día de la Epifanía, haciendo yo misma esa petición.
Y entendí que, en una noche así de oscura, a tres reyes del Oriente se le apareció una estrella que les indicaba que había nacido el niño Dios. Tres reyes paganos, de tres ciudades diferentes que nada tenían que ver con el pueblo hebreo ni sus creencias. Pero a ellos se les ponía de manifiesto el misterio de Dios hecho hombre. Para ellos brillaba la luz de Cristo.
Mi abuelo, Onésimo, no era un religioso entusiasta, no iba mucho a la Iglesia pero es que no le hacía falta. Tenía siempre en su boca una alabanza y palabras justas y veraces para quien las quisiera escuchar. Siempre daba gracias por las cosas buenas y por las malas. Sin quejarse, siempre estaba bien. Con valores firmes, con carácter, con amigos tan jóvenes como sus nietos o canutos como él, pero con todos generoso. Tenía un corazón tan grande, que por eso también su corazón físico se quería salir de su pecho y era un milagro para los médicos que pudiera vivir así. Era un justo que se ajustaba a la voluntad de Dios.
Por eso Dios estaba con él y le hablaba al oído. Por eso ya sabía que su muerte estaba cerca y podíamos presentirlo quienes estábamos a su alrededor. Por eso hasta en su forma de morir Dios cumplió su voluntad de irse “sin tener que postrarse nunca en una cama, sin ser una carga para sus hijos”.
Por eso, la misma estrella que brilló para aquellos reyes gentiles que caminaban en las tinieblas, se convirtió en una gran luz para alumbrar el camino de mi abuelo hacia Dios, escoltado por los Reyes Magos, que vinieron en persona a buscar a un hombre que como ellos llevaba a Dios en su corazón.

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Sin quejarse, siempre estaba bien.
Asi vivo y pienso, conmovedor!
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