07 noviembre 2010

Cuando la muerte se hace intermitente



Cómo ya contaba yo en mi último momento de ocio, estaba leyendo Las Intermitencias de la Muerte, nuevamente de José Saramago. Lo acabo de terminar y estoy tan atónita, perpleja, confundida y sorprendida ante el impredecible final, que en lugar de iniciar el libro que le sigue aguardando en mi mesita de noche, decidí acostarme para no interrumpir la meditación en mi cabeza. No sin antes escribir este post.

Ya lo había dicho, Saramago me parece brillante. El hombre escribe de una manera tan propia, tan irónicamente divertida, tan formal y casual a la vez, que lo considero simplemente genial.

No obstante, tiene ciertos problemas con los finales. Y el de este libro me ha dejado un poco en shock, un shock que no logro todavía distinguir si es por bueno o por malo.

Pareciera que Saramago escribió el libro en momentos totalmente diferentes, primero con una idea, luego con otra y después con otra. Al principio, el principal problema era que la gente de repente no se moría. Un planteamiento muy interesante sobre todo para aquellas personas que todavía no terminan de entender porqué la gente se tiene que morir. Pues la gente se tiene que morir para no alterar el orden natural de las cosas, para que los hospitales, asilos, funerarias, compañías de seguro, iglesias, la filosofía, el suelo y la vida misma mantengan su equilibrio.

Luego el problema, es que la muerte decide regresar a sus labores, siendo un poco más considerada con sus víctimas y enviándole cartas avisándoles con antelación del poco tiempo que les queda de vida para que puedan “poner sus cosas en orden”. Algo que le pareció muy lógico y digno, sobre todo para un ser cuyo modus operandi siempre ha sido menospreciado.

De repente, el problema ahora es que hay un hombre al que no puede enviarle su correspondiente carta. Y convencida de averiguar en persona, o mejor dicho hecha persona, la situación que se lo impide, termina en un impredecible final en el que no está muy claro si se enamoró del tipo o se le complicó la existencia.

Algunos dirán que para los fines es lo mismo, enamorarse y complicársele la existencia, pero lo que me gustaría saber es cuál es la intención en la cabeza de Saramago. Porque al final, el libro termina como comienza y yo me quedé con una gran laguna mental al no saber si lo entendí o no.

De que es bueno, es bueno. Pero el cambio de un problema central a otro, hace confuso su verdadero sentido. Busqué algunas reseñas en Internet, pero en la mayoría se nota que sus autores no se molestaron en descubrir el final. Un bloggero llamado Iván Fernández Balbuena (Memorias de un Friki), lo describe como un “libro de pésima estructura narrativa”, por sus “callejones sin salida”, pero lo que tal vez él no ha entendido es que, como autor, Saramago deja claro que puede hacer lo que quiera e inventarse las situaciones que quiera sin necesidad de explicarse, pues para eso es escritor, para manejar los mundos imaginarios a su antojo.
 
En fin, no encuentro nada ni nadie con quien compartir mi pensar del libro. Mi conclusión, es que Saramago sí tuvo razones para escribir una novela tan confusa, razones que sólo él conoce pues nadie pudo aprovecharlo en vida para sacarle la información.

Tal vez en su cabeza rondaban las tres situaciones en el ocaso de su vida, y como en su cabeza surgieron los planteamientos al mismo tiempo, decidió conjugarlos al mismo tiempo en el mismo libro: qué será de la vida de la muerte, no sabemos nada de ella, y si se cansara de trabajar, y si de repente nos llega, y si se hiciera nuestra amiga, y si se nos apareciera, y si me estuviera viendo ahora mismo sosteniendo en la mano el registro que le dice que hoy no me toca morir, y si me toca mañana, y si alguien puede desafiar a la muerte, cómo podría hacerlo, y si la muerte de repente se enamora, que también tiene derecho…

¿Y si lo único que puede tener poder sobre la muerte es el amor?
("Que es fuerte el amor como la muerte", Cantar de los Cantares 8, 6)

Si lo leen. Me cuentan.




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