Siempre leer me ha inspirado a escribir. Y a escribir se aprende leyendo. Estoy leyendo Ensayo sobre la ceguera (link) de José Saramago. Es la primera vez que leo algo de Saramago. Es uno de los tantos libros que compré a precio de oferta en la Feria del Libro 2009 y que se turnan por ser leídos.
Comencé el lunes. Cuando escribí esto, el martes a las 9:23 p.m., ya iba por la página 88. Hoy estoy en la 194. A este ritmo no me sorprendería haberlo leído para finalizar la semana. Sí me sorprendería leer un libro en una semana y a este ritmo, que no es lo mismo.
No quisiera contarles de qué trata el libro, pero me ha inspirado a ir escribiendo las cosas que uno va reflexionando mientras lee un libro y que nunca puede compartir. Mi intención no es propiamente compartirlas-de hecho dudo que ha mucha gente le interese-, pero sí plasmarlas en algún lugar, como si encontrar a alguien que tuviera otros comentarios similares mitigaría todas las inquietudes que me surgen, sabiendo que las verdaderas respuestas sólo las tiene el autor.
Página 1, voy leyendo. No hay puntos y seguido, ni punto y coma, guiones, diálogos, comillas, dos puntos, ni siquiera párrafos bien definidos. Sólo comas, escasos puntos y, aún más escasas, mayúsculas. Se hace confuso pero igual lo entiendo. Y me pregunto:
Comencé el lunes. Cuando escribí esto, el martes a las 9:23 p.m., ya iba por la página 88. Hoy estoy en la 194. A este ritmo no me sorprendería haberlo leído para finalizar la semana. Sí me sorprendería leer un libro en una semana y a este ritmo, que no es lo mismo.
No quisiera contarles de qué trata el libro, pero me ha inspirado a ir escribiendo las cosas que uno va reflexionando mientras lee un libro y que nunca puede compartir. Mi intención no es propiamente compartirlas-de hecho dudo que ha mucha gente le interese-, pero sí plasmarlas en algún lugar, como si encontrar a alguien que tuviera otros comentarios similares mitigaría todas las inquietudes que me surgen, sabiendo que las verdaderas respuestas sólo las tiene el autor.
Página 1, voy leyendo. No hay puntos y seguido, ni punto y coma, guiones, diálogos, comillas, dos puntos, ni siquiera párrafos bien definidos. Sólo comas, escasos puntos y, aún más escasas, mayúsculas. Se hace confuso pero igual lo entiendo. Y me pregunto:
-“O este autor es un ignorante de los signos de puntuación y simplemente escribe como le parece (lo cual es obviamente descartable pues todo libro pasa por un riguroso proceso de edición, o al menos eso entiendo yo, que no soy la diosa de la perfecta ortografía pero que sí trato de ser muy meticulosa hasta en el msn)”.
-“O se ha divertido bastante, probando al mundo que las reglas de ortografía son puras patrañas que pueden no servir de nada cuando se puede contar una historia por escrito con la misma elocuencia que lo haría alguien de boca en boca”.
-“O Saramago ha descubierto que los signos de puntuación son “lagaña de mime” (gracias a mi hermanos Moisés y Lucas por la ilustre metáfora jajajja) cuando se tiene una historia tan impresionante que el lector puede entenderla por encima del atropello de palabras.
Página 24. Sigo leyendo. Me doy cuenta de que tampoco hay nombres, sólo gente que va siendo designada por lo que es: “el primer ciego, la mujer de éste, el policía, el médico, la mujer de éste, el ladrón, etc.” Todo el mundo anónimo. ¡Eso es saber relacionar! Intenta tú contarle a un amigo una historia de alguien que no conoces, donde hay diferentes individuos involucrados, sin mencionar un solo nombre, a ver si lo logras. Hay que tener una mente brillante. Es el tipo de historias que me gustaría escribir, sin más personajes que Él, Ella o Nosotros.
Página 66. Comienzo a jugar “Adivina el ciego”. ¿Quiénes son los nuevos ciegos que entran en escena? La incertidumbre entretiene, pero descubrir quienes son alimenta las ansias. Aún no hallo un patrón para la ceguera. No necesariamente se quedan ciegos más pronto los que estuvieron más cerca de los primeros ciegos, tampoco sólo los de corazón mal intencionado. Sino que es una ceguera totalmente “random”. Hay que seguir leyendo.
Página 88. En este punto me doy cuenta de que quiero escribir sobre este libro y cómo quiero escribir sobre él. Que me gustaría entrevistar a Saramago. Encontrar en Internet alguna verdaderamente buena entrevista.
Hace rato que ya me hice la respectiva pregunta que se hace todo el mundo: ¿Y si…? ¿Y si el terremoto no hubiera sido en Haití, sino aquí? ¿Y si de repente la gente de verdad se quedara ciega sin motivos ni circunstancias? Me doy cuenta de que las fatalidades de las tramas se hacen aún más angustiantes con los libros, por el tiempo que toma leerlos, que con las películas, estas últimas tienen impactos fugaces. Me doy cuenta también de que, como un mal colectivo, nada peor que la ceguera. Si se quedan todos sordos, pues no importa, se puede vivir sin oír, escribiéndose o hablando por señas. Si se pierde cualquiera de los otros sentidos, la angustia tampoco sería comparable con la ceguera.
Los ciegos no tienen manera de ayudarse unos con otros. Al menos no en un mundo que ya ha visto…
-“O se ha divertido bastante, probando al mundo que las reglas de ortografía son puras patrañas que pueden no servir de nada cuando se puede contar una historia por escrito con la misma elocuencia que lo haría alguien de boca en boca”.
-“O Saramago ha descubierto que los signos de puntuación son “lagaña de mime” (gracias a mi hermanos Moisés y Lucas por la ilustre metáfora jajajja) cuando se tiene una historia tan impresionante que el lector puede entenderla por encima del atropello de palabras.
Página 24. Sigo leyendo. Me doy cuenta de que tampoco hay nombres, sólo gente que va siendo designada por lo que es: “el primer ciego, la mujer de éste, el policía, el médico, la mujer de éste, el ladrón, etc.” Todo el mundo anónimo. ¡Eso es saber relacionar! Intenta tú contarle a un amigo una historia de alguien que no conoces, donde hay diferentes individuos involucrados, sin mencionar un solo nombre, a ver si lo logras. Hay que tener una mente brillante. Es el tipo de historias que me gustaría escribir, sin más personajes que Él, Ella o Nosotros.
Página 66. Comienzo a jugar “Adivina el ciego”. ¿Quiénes son los nuevos ciegos que entran en escena? La incertidumbre entretiene, pero descubrir quienes son alimenta las ansias. Aún no hallo un patrón para la ceguera. No necesariamente se quedan ciegos más pronto los que estuvieron más cerca de los primeros ciegos, tampoco sólo los de corazón mal intencionado. Sino que es una ceguera totalmente “random”. Hay que seguir leyendo.
Página 88. En este punto me doy cuenta de que quiero escribir sobre este libro y cómo quiero escribir sobre él. Que me gustaría entrevistar a Saramago. Encontrar en Internet alguna verdaderamente buena entrevista.
Hace rato que ya me hice la respectiva pregunta que se hace todo el mundo: ¿Y si…? ¿Y si el terremoto no hubiera sido en Haití, sino aquí? ¿Y si de repente la gente de verdad se quedara ciega sin motivos ni circunstancias? Me doy cuenta de que las fatalidades de las tramas se hacen aún más angustiantes con los libros, por el tiempo que toma leerlos, que con las películas, estas últimas tienen impactos fugaces. Me doy cuenta también de que, como un mal colectivo, nada peor que la ceguera. Si se quedan todos sordos, pues no importa, se puede vivir sin oír, escribiéndose o hablando por señas. Si se pierde cualquiera de los otros sentidos, la angustia tampoco sería comparable con la ceguera.
Los ciegos no tienen manera de ayudarse unos con otros. Al menos no en un mundo que ya ha visto…
2 Comparte tu realidad:
Yo estoy leyendo el “Rió que fluye” de Paulo Coelho pero lo comienzo y lo dejo
Muy buen libro, a Saramago hay que devorarlo poco a poco, si apresuramientos, sin prisa. Lo importante no es terminarlo.
Publicar un comentario