Realmente no fue ayer pero así surgió este post en mi cabeza.Ayer conocí a un niño. Tengo que ser honesta, realmente no lo conocí, su historia sólo se cruzó en mi camino.
Yo estaba delante en un carro público, Lincoln subiendo. El chofer se desvió para evitar el semáforo de Vimenca. Allí, cerca de la Unidad de Rehabilitación de la Universidad Católica de Santo Domingo, vi a un hombre de rasgos asiáticos que esperaba junto a quien parecía ser su hijo. De lejos, el niño llamaba poderosamente la atención. Su postura era peculiar, los brazos separados del cuerpo, la cabeza ladeada. De cerca, era escandaloso, estaba desfigurado.
De acuerdo a la seña, el auto se detuvo y ambos se montaron.
-¡Chino, has cogio lucha con tu hijo!- dijo el chofer.
El hombre respondió algo poco entendible, en un español mezclado y difícil de descifrar.
-El Chino ya tiene un año cogiendo pa’ca de Bonao a trae a su hijo, ya nosotros lo conocemos- prosiguió el chofer como si fueran amigos de confianza.-¿qué fue lo que le pasó Chino a tu hijo? Él sabía muy bien lo que le había pasado, pero quería que la gente lo entendiera y lo entendimos.
El Chino hizo un esfuerzo por contar. Su hijo jugaba en la azotea. De alguna manera el cable de alta tensión alcanzó su cuerpo. No recuerdo cuántos voltios. Lo calcinó. Se hizo un hoyo en el concreto. Que el niño sobreviviera es un milagro y nada más. Ninguna explicación científica podía justificar que hoy esté vivo.
Hace un año que pasó. Ya llevan varias operaciones. “Ha mejorado mucho”, dice el Chino. Pero para quienes lo veíamos por primera vez, la imagen nos hacía volver el rostro.
-“Llevo un año luchando, e difícil. Y él no quiele hace telapia. Solo hace un rato aquí y ya, con la enfelmera, pero en casa nada de telapia. Yo le digo que tiene que hacel si quiere mejoral. Yo sé que le duele, pero no silve de nada venil pala’ cá si él no hace telapia. Yo lo tlaigo siempre porque no puedo hacel más nada, pero él tiene que ayudal”.
El niño permanecía callado. En mi cabeza los pensamientos iban y venían. ¿Qué raro que fuera su padre y no su madre quien lo acompañaba? ¿Cómo habrá sido para esta familia? ¿Cómo han cambiado sus vidas para poder traer a este hijo todos los meses? ¿Cuánto dolor sentirá este niño? ¿Y cuánto dolor sentirá al verse en el espejo? ¿Seguirá yendo a la escuela, lo relajarán? ¿Qué querrá Dios con él? Porque nadie sobrevive a una descarga así, mucho menos un niño. ¿Qué será de él dentro de 10 años? ¿Cuál será el final de esta historia?
Entonces pensé en otra cosa que hace días rondaba por mi cabeza. Un post que estaba pendiente. Mi posición sobre el aborto.
Pensé en este niño que no buscaba lo que le pasó. Y en esta familia que no se imaginaba tanto sufrimiento. Pensé en como este hombre estaba donándose para ayudar a su hijo. Y en cómo ése hijo tiene dos posibilidades.
Está vivo para algo, eso lo tengo claro yo, pero tal vez no lo tiene claro él. Puede resignarse, echarse al olvido y estancarse de por vida. O bien, puede decidirse a intentar cambiar, a hacer lo que tiene que hacer. A por lo menos retribuir el esfuerzo que está haciendo su padre, con su propio esfuerzo. A estudiar y superarse. A verse algún día contándole a la gente cómo él una vez se quemó con un cable de alta tensión y quedó vivo.
Y esto qué tiene que ver con el aborto. Pues…no sé. Me pregunté ¿qué hubiera preferido este niño? Si morir quemado y que todo acabara allí o vivir con el rostro y el cuerpo mutilado. ¿Qué hubiera preferido su padre? Que muriera quemado que todo hubiera acabado allí o tener que verlo sufrir en esa condición, y gastar tiempo y dinero. ¿Qué hubiera preferido su madre? Que muriera y que todo acabara allí o seguir viendo a su hijo retorcerse del dolor por los jirones de su piel, sus tendones y sus músculos.
Para mí, el padre y la madre han escogido su respuesta. El niño no lo sé. Pero todo esto me dice una cosa.
¿Por qué defiendo yo la vida? No la defiendo porque lo diga el Cardenal, porque lo diga el Padre Catalino, porque yo sea católica o porque yo sea machista.
La defiendo porque yo soy testigo del amor de Dios. De que Dios es capaz de vencer la muerte. De devolver la alegría a partir de un acontecimiento que marca para siempre. De que Dios no es un ogro que ha dicho “no hagan esto” para que la gente viva cohibida por siempre. Porque soy testigo de que cuando Dios le da a alguien dos posibilidades a escoger: el hacer su voluntad o echarse a morir, quien hace su voluntad siempre sale recompensado.
Porque creo que un embarazo “no deseado” en determinado momento, no exime de la responsabilidad. Pero también porque creo que en caso de una violación, Dios también hace justicia.
En fin, yo defiendo la vida porque creo en el amor de Dios. Hay quienes no lo entienden, hay quienes no lo conocen, hay quienes no tienen esa certeza. Por eso no puedo juzgarlos. Pero ojalá algún día sí lo entiendan, y puedan tener la misma esperanza.

